Peregrinaciones

Nota

Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

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Homilía pronunciada por S. E. Mons. Efraín Mendoza Cruz, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Tlalnepantla, con motivo de la peregrinación anual de dicha arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

Homilía pronunciada por S. E. Mons. Efraín Mendoza Cruz, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Tlalnepantla, con motivo de la peregrinación anual de dicha arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

2 de febrero de 2019

Saludo con especial afecto a mi hermano en el Episcopado, su Excelencia Monseñor Jorge Cuapio Bautista, Obispo Auxiliar de nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla. Saludo con gran afecto a mis hermanos en el ministerio sacerdotal, a todos los presbíteros de toda nuestra amada Arquidiócesis de Tlalnepantla. Saludo de manera muy fraterna a los religiosos y las religiosas que nos acompañan en esta peregrinación arquidiocesana. Saludo a los diáconos, a los seminaristas. Y saludo de una manera muy fraterna a todos ustedes, hermanos por el bautismo, peregrinos y fieles de nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla y a todo el pueblo santo de Dios.

Hoy estamos celebrando la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, llamada también como la Fiesta del Encuentro. En la liturgia que hoy celebramos, se dice que Jesús va al encuentro de su pueblo. Es el encuentro entre Jesús y su pueblo cuando María y José llevaron a su niño al Templo de Jerusalén.

Es en este acontecimiento donde tiene el primer encuentro, Jesús con su pueblo representado por aquellos dos ancianos, Simeón y Ana. Fue un encuentro que marca la historia de una serie innumerable de encuentros que tendrá el Señor Jesús con su pueblo, a quien ha rescatado con el precio de su propia sangre.

Es un encuentro muy significativo, es un encuentro peculiar. Podemos descubrir en esta escena a los personajes que nos ayudan a centrar nuestra atención en el personaje principal que es Jesús. Podemos descubrir en esta escena a la Virgen María, un matrimonio joven, recién casados podríamos decir, y a dos ancianos, Simeón y Ana. Pero en el centro de María y José, de Simeón y Ana, está Jesús. Es Jesús el centro de este encuentro, es Jesús el centro en el que nosotros podemos dirigir nuestra mirada para contemplarlo, así como lo contemplamos en la Fiesta de la Navidad. En este encuentro entre los jóvenes y los ancianos, se da la unión, se da la plenitud de la Alianza pactada en el pasado con nuestros padres y realizada en la Nueva Alianza, representada esta Nueva Alianza en María y José.

Y es Jesús el vínculo, es Jesús quien fue anunciado en la Antigua Alianza y ahora presentado como la plenitud en la Nueva Alianza. Es importante qué observemos cómo el evangelista Lucas nos dice de María y de José, que eran fieles cumplidores de lo que prescribía la ley del Señor. Eran fieles observantes de los preceptos de Dios. Pero una observancia que alegra, una observancia de la ley que libera, que anima, que renueva el corazón. No es simplemente el cumplimiento de una ley externa, no es solamente para sentirse bien en la conciencia de haber cumplido con un mandato. Es el deseo profundo, es el corazón alegre y desbordante, cuando se cumple la ley del Señor.

Como lo canta el salmista: mi alegría es el camino de sus preceptos. Tu ley son mi alegría. ¿Qué dice san Lucas de Simeón y Ana? En primer lugar resalta la forma en que estos dos personajes se dejan conducir por la acción del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quién anima, quien ilumina, quien ayuda a Simeón y Ana a reconocer en aquel niño al Hijo del Altísimo, al Hijo de Dios. De Simeón afirma que es un hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel y que el Espíritu Santo estaba en él. Remarca Lucas que es el Espíritu Santo quien le revela que ese niño que lleva María y José, es el Mesías. Por eso exclama: ahora Señor puedes dejar morir en paz a tu siervo, porque mis ojos han visto a tu Salvador, el Mesías.

De Ana expresa que es una profetiza, esto significa que es una mujer inspirada por Dios y que estaba siempre en el templo sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Estos dos ancianos están llenos del Espíritu de Dios, están llenos de vida. Son dóciles a la acción del Espíritu y tienen esa gran sensibilidad a sus mociones.

Es aquí en donde se da el encuentro entre la sagrada familia de Nazaret y estos dos representantes del pueblo de Dios. Pero en el centro, está Jesús. Él es quien mueve, Él es quien atrae, Él es quien hace posible el encuentro en el templo. Un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría, al cumplir la ley del Señor y los ancianos regocijados por la acción y la presencia del Espíritu Santo.

Que profundo encuentro, que extraordinario mensaje el que hoy nos presenta el evangelio de san Lucas. En estos tiempos actuales en los que es necesario ir al encuentro del otro, ir al encuentro del hermano que sufre, del hermano enfermo, del hermano migrante, del hermano anciano que está solo y abandonado.

Qué importante es lo que hoy el Señor nos dice a través de su Palabra: el hombre no puede vivir aislado, mucho menos puede alcanzar la salvación de manera individual o individualista. Hoy necesitamos ir al encuentro de los demás, para que se haga realidad esta Fiesta Litúrgica. Pero en el centro de nuestro encuentro debe de estar siempre la persona de Jesucristo Nuestro Señor.

Qué importante es que los jóvenes se dejen formar, se dejen acompañar. Pero qué importante es también que los adultos mayores con la experiencia de la vida, con los años vividos, con toda esa experiencia acumulada, puedan también tener esta disposición de acompañar a las nuevas generaciones y que en este encuentro generacional, podamos construir juntos el pueblo de Dios que peregrina, que camina hacia el encuentro definitivo con el Señor en la casa del Padre.

Mis amados hermanos, hoy al celebrar esta hermosa Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, el Señor nos invita, primero a vivir nuestra fe en la Iglesia, con la Iglesia y para la Iglesia. Nos invita a renovar nuestra fe, no solamente sintiéndonos miembros de la Iglesia, sino viviendo los signos de comunión, viviendo el compromiso de ser miembro de la Iglesia.

En la Iglesia diocesana el signo fundamental de comunión en la fe, es precisamente Jesucristo, en la persona del obispo, Jesucristo en la persona del presbítero, Jesucristo presente en la comunidad, como cuerpo, como cuerpo vivo. Por eso en el centro de nuestra vida pastoral, en el centro de nuestra vida diocesana, en el centro de nuestro encuentro como Iglesia particular, debe de ser Jesús el que nos une, debe de ser Jesús el signo elocuente de comunión.

Pero también hay otras formas de expresar el encuentro y de vivirlo. Hoy estamos viviendo en nuestra arquidiócesis una renovación pastoral, movida por el Espíritu Santo, deseada y querida por el Señor Jesús, asumida como un compromiso por nuestro administrador apostólico don Carlos. Asumida también y sostenida por el compromiso de quienes colaboramos con él en la conducción pastoral y en el gobierno de nuestra amada arquidiócesis, los sacerdotes, pero también asumida por todos ustedes feligreses que peregrinan en esta Iglesia particular.

Estamos preparándonos también para celebrar el encuentro con nuestro arzobispo electo, su Excelencia José Antonio, que viene en el nombre del Señor, que viene al encuentro de su pueblo ahora en esta pequeña porción de la Iglesia de Tlalnepantla. Y que seguramente asumirá esta gran tarea emprendida, asumirá este gran compromiso de la renovación pastoral de nuestra Iglesia de Tlalnepantla.

Por eso esta hermosa Fiesta enmarca la vida, el caminar de nuestra Iglesia particular de Tlalnepantla. Yo los exhorto, los invito para qué todos dispongamos nuestro corazón para este encuentro con el Señor Jesús, en la Iglesia, en la llegada de nuestro nuevo pastor, en el compromiso de la renovación pastoral que estamos viviendo.

Y finalmente, estaremos iniciando la celebración de los 500 años de la llegada de Nuestra Madre Santísima en su Imagen de los Remedios a nuestras tierras diocesanas. El 14 de febrero, a las 11 de la mañana tendremos la misa solemne de apertura para este Año Jubilar en el que Nuestra Madre Santísima, en su advocación de Los Remedios, Patrona de nuestra Arquidiócesis, quiere hacerse también presente. Quiere llevarnos también a su hijo Jesucristo, para que siendo ella el remedio a nuestras penas, a nuestros sufrimientos y a nuestras necesidades, nos siga sosteniendo y acompañando.

Hoy estamos a los pies de María Santísima en esta bendita imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Encomendémonos a ella. Pidámosle por nuestro pueblo mexicano, por nuestra patria para qué, encontrándonos con su hijo Jesucristo, podamos caminar juntos hasta que nos reunamos en la casa del Padre. Que el Señor Jesús así no lo conceda.

Que así sea

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